El 3 de Junio del 2016 dábamos inicio en la Asunción a un año jubilar. Son muchos los motivos que tenemos para celebrar y agradecer. La familia de la Asunción está festejando en los 34 países en donde se encuentra, el bicentenario de las dos madres fundadoras, Santa María Eugenia de Jesús y M. Therese Emmanuel.
 
Teníamos también otra razón, el recuerdo y la memoria de la llegada de las primeras Madres de la Asunción a Ecuador. Desde que comenzaron en el barrio Centenario hasta hoy, no tenemos más que motivos de acción de gracias en el corazón. 60 años de presencia al servicio de la vida, con un desafío, un horizonte y una pasión: forjar a nuestro alrededor artesanos de una sociedad transformada por el Evangelio.
Y el 16 de Abril del año pasado nos desafió. Nos llevó a plantearnos cómo queríamos vivir este jubileo en este contexto de terremoto ¿Cuál sería la forma más adecuada para honrar la presencia de sesenta años en Guayaquil? Y vimos que lo nuestro era construir una nueva sociedad, que estábamos llamados a transformar, a levantar, a proporcionar casa a quienes lo habían perdido todo. Nos lanzamos a ello. Con una ilusión y una pasión en el corazón. Nos propusimos: “A sesenta años, sesenta casas”.
Lo hicimos entre todos, de todas las edades, de todas las formaciones, de todas las condiciones. Construir para otros nos ha unido, nos ha proporcionado mucha alegría como institución educativa. Nos hemos sentido cuerpo al salir al encuentro de otros. Ha sido y sigue siendo para nosotras una gran misión.
Y en esta tarea ha estado un hombre, un amigo, un trabajador fiel, responsable, tenaz: Víctor Hugo Vázquez que nos acaba de abandonar para pasar a la casa del Padre. Allí, me lo imagino, que estará realizándose lo que dice la parábola del siervo fiel (Lc 12,35-48) que cuando llega el dueño de casa y le encuentra en espera y vigilante, él mismo le sienta en su propia mesa y le sirve. Esa ha sido la actitud de Víctor, disponible en todo momento para vivir en servicio a los demás.
Desde muy niño ya estaba en el Colegio. Muy joven ya tomó la responsabilidad en el acompañamiento de las Madres y en la ejecución de tareas de alta responsabilidad y discreción. Han sido sesenta años al servicio de la Asunción, incondicional, sin tiempo, sin escatimar ningún esfuerzo. La buseta institucional sólo tenía una mano y ella era testigo de las idas y venidas por los caminos más tortuosos. Sabía que quien la manejaba lo hacía con todo esmero y con la conciencia de que era su misión.
Hasta el final Víctor ha sido testigo y sujeto de este compromiso social del Colegio de la Asunción. El mismo era quien llevaba a las alumnas y a las Madres a Riobamba en aquellos tiempos en los que sintieron el llamado de la Iglesia a irse hacia los más vulnerables de ese momento.
Y ahora en la decisión de la Asunción de salir para armar casas para los damnificados por el terremoto, se volvió a repetir lo mismo. Era él quien hacía, con el equipo de solidaridad, esas múltiples salidas hacia Manabí. Previamente, para elegir los lugares de acción, para determinar a las familias beneficiadas, para realizar el armado de casas.
Y hasta el final, la última salida que nos llevó el día 31 de Enero, era para entregar oficialmente a la Iglesia de Manabí la realización de ese proyecto de viviendas, para constatar la puesta en marcha de los materiales médicos donados. Era el final de una etapa. Y él fue quien la consumó hasta el último momento. Llegó ese día 31 hacia las seis de la tarde, dejó la buseta y se desplomó en el Colegio. Lo había entregado todo, hasta el final, hasta la conclusión de una tarea realizada.
¿Qué mejor exponente de estos sesenta años de presencia de la Asunción en Guayaquil? ¿Qué mejor palabra y regalo para sentir que la tarea realizada en lo cotidiano en verdad y en silencio, en las pequeñas cosas, es donde se construyen las mejores gentes? ¿Cómo no estar agradecidos y rendir homenaje a estas personas tan constructoras de un mundo nuevo, sin alardes, sin palabras, pero tan significativas por su presencia?
Nos sentimos honradas y damos gracias a Dios por esos rostros y nombres que visibilizan un proyecto, una pasión y un sueño, como el que tuvo la Asunción hace sesenta años al venir a Ecuador y desde Guayaquil expandirse.
Esta es nuestra mejor expresión y celebración de nuestro jubileo: honrar a quienes han sido y son forjadores de una nueva sociedad con los valores del Evangelio.
 
M. Ascensión González Calle